“Me siento más libre que cuando estaba en el mundo”

Con el lema Testigos de la esperanza y la alegría, este jueves, 2 de febrero, se celebró la Jornada Mundial de la Vida Consagrada.

(AlfayOmega/InfoCatólica) Hablar de vida contemplativa en este infinito de ruidos, diligencias y desvelos, presume saberse a salvo y descubrir la felicidad en la intemperie de tanto murmullo. A 20 kilómetros de Badajoz, en la vega del Guadiana, se esconde Talavera la Real: un municipio dominado por amplias llanuras y lomas suaves. Y allí, en el centro de la población, vela sin descanso el convento de la Inmaculada Concepción del Carmen; un hogar especial donde el amor de Dios palpita en el silencio una clausura.

Carmelitas descalzas de Talavera la Real (Badajoz)
Carmelitas descalzas de Talavera la Real (Badajoz)

Amar, muriendo en una cruz

«La vida consagrada hace presente a la santidad de la Iglesia», asevera Yudis Isabel de la Santa Cruz, monja contemplativa que vive allí desde hace ocho años y tres meses. «Y lo hace para poder mostrar, aquí en la tierra, que se puede amar -como lo hizo Jesucristo- muriendo en una cruz por mí y por todos». Y esa es la tarea de un consagrado, confiesa la joven religiosa: «También muere crucificado en el otro, buscando siempre ese rostro de Dios».

Viviendo en el corazón de Dios

Yudis nació en Colombia hace 33 años. Sin embargo, le bastaron solamente 15 para saber que su casa se encontraba a salvo en un cáliz de barro y silencio, y que su alma había sido invadida por un amor al que no podía resistirse. «Desde pequeña, soy una persona alegre, inquieta, sensible a la creación, a lo religioso, a la necesidad de los otros», asegura, mientras sonríe con ternura.

Habla sin miedo de libertad, de amor, de fidelidad. Por eso, reconoce que la celda, más allá de aislarle del presente, le acerca al castillo interior donde se encuentra el verdadero sentido de la vida: «Aquí me siento más libre que cuando estaba en el mundo; bueno, yo sigo estando en el mundo, pero me siento más libre aún que antes…». Oración a oración, latido a latido, Yudis se hace llama de amor silente para vivir, por siempre, en el corazón de Dios.

A la luz de santa Teresa de Jesús

«Vivimos buscando en todo momento el encuentro, la unión con Dios, por los otros», reconoce la religiosa. «Siempre, sin descanso, como ese corazón que late todo el día y sin parar». Ahí, en ese alma de cristal y a la luz de santa Teresa de Jesús, se hermanan las vidas contemplativas hechas oración, forjando el Cuerpo de Cristo, suscitando las vocaciones que el Espíritu Santo inspira entre aquellos que le esperan: «Nuestro corazón no para de latir porque, si lo hace, se muere».

¿Y el amor? ¿Cómo describe una contemplativa el amor? Dejo caer, sobre los pasillos sosegados de aquel convento pacense. «Para mí, el amor no lo puedes describir, porque abarca todo, es infinito. Y eso es Dios: que te invade, que quiere salir totalmente de ti, te dilata y no cabes dentro porque sientes que no lo resistes».

«Aquí damos la vida todos los días»

Nada se pierde de todo cuando viven, sufren, gozan y ofrecen estas religiosas. Aunque amanezca en silencio, aunque el frío de una celda les cale hasta el alma. «Estamos dispuestas a dar la vida, la estamos dando desde aquí todos los días, desde el corazón este que late y que está lleno de todo el amor de Dios». Y eso es amar, dice con alegría, «el dar la vida» porque «solo así cambias el mundo, ¡dando la vida!».

Yudis, junto a sus hermanas Paquita, Paula, Rosario, Genoveva, María Luisa, Ángela, Gloria, Rosita y Viviana, desde el convento de Talavera la Real, se hacen casa sosegada, caridad infinita, amantes de la hermosura que, desde una custodia o desde el suelo que acarician sus pies, les ama hasta el extremo. «Y todo, en esta vida, merece la pena», descubre, mientras se despide para encontrarse con Aquel que le llama para abandonarse en sus brazos durante el rezo del ángelus: «Porque no lo haces por ti, ¡nada es para uno mismo!».

Testigos de la esperanza y de la alegría, rompen el frasco de sus vidas a los pies del Señor, como aquella mujer del Evangelio, para que el perfume del amor, que se hace bondad en sus miradas, se derrame e inunde de ternura a toda la humanidad.

Carlos González García

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