Para explicarnos, emplearemos algunos símiles ó metáforas, y será por que hablamos de vivencias en el Espíritu.

Somos como un pequeño laboratorio de amor. Sí, aquí en medio de nuestra comunidad se cuece a partir de las diferencias generacionales, de razas, de costumbres, de manías y todo lo que de diferente hay en cada ser humano, una amalgama de comunión. Se elabora con amor de Dios y limitaciones humanas, con perdón, cotidianidad, mucha oración y deseos de construir fraternidad auténtica como la de Dios, al estilo de Teresa de Jesús. Es decir con sentido común, sencillez, humildad, desasimiento, y amor a cada hermana.

¿Que hacemos? A través del tiempo, nuestra relación con Jesús crece con la oración, la escucha de la Palabra, la celebración de los Sacramentos. Y el sacramento de la convivencia, que hace patente la autenticidad de nuestra oración. ”Porque si amamos a Dios no se puede saber, aunque hay indicios grandes para entender que le amamos; más el amor del prójimo, sí…”(V Moradas 3,8)

Nuestra vida de oración, es una vida que va haciendo conciencia cada vez más profunda y permanente, de que Dios Trinidad habita en nosotros y nosotros en Él, conciencia de vivir la oración no como un acto personal y especifico de un momento, sino un hacernos semejantes a Cristo, que repercute y vamos haciéndonos y siendo orantes en el día a día de nuestra vida sencilla, viviendo en obsequio de Jesucristo, en su Presencia.

Si tuviéramos que definir que es ser carmelita, podríamos decir con nuestra madre Teresa de Jesús: “SER TALES QUE”.

¿Para qué?: en Jesús todos los hombres estamos unidos en su Espíritu, creando una comunión, de tal manera que nuestras actuaciones como la de todos los hombres son de repercusión universal.
Nuestras vidas, son como pequeñas piedrecillas arrojadas en el agua, que se sumergen en esta agua que es Dios, y van aparentemente desapareciendo. No somos vistas en la superficie una vez que entramos en contacto con ella, pero en la medida en que ganamos profundidad en Él, va aumentando el radio de repercusión que se refleja en la superficie.

Todo esto significa que vivimos alrededor de Dios como el absoluto de nuestra vida. “En Él, vivimos, nos movemos y existimos”, Él es la razón de nuestra vida, de nuestro trabajo, de nuestro encuentro, de nuestra superación y de nuestro amor; por esto somos fecundas en nuestra entrega:”No hay amor más grande que el que da la vida por sus amigos”. Sí, vivimos con Él y para Él: ya comáis, ya bebáis, hacedlo todo en el nombre del Señor.

¿Dónde vivimos esto? En un espacio vital, delimitado, que permite a un grupo de hermanas convocadas por Dios, vivir los valores del Evangelio. A esto se le llama clausura, que no es sinónimo de encarcelamiento.

Nuestra vocación no consiste en encerrarnos: sino en abrirnos a Dios, y a los hombres en Él, a través de la oración y la vida, a través de la mirada de Dios que hace posible aportar una lectura de fe de nuestro mundo, que hace posible ensanchar horizontes y esperanzas, aportar comunicación verdadera (oración), respuestas a los interrogantes profundos del hombre, desde Dios.