«¿Quién es esta doncella?

Ella es hija de Dios Padre, relumbra como una estrella».

Con la sencillez y gracia de sus villancicos Teresa responde magistralmente a la pregunta que tantos y tantos se han hecho a lo largo de los siglos: ¿Quién es María? Con sus palabras Teresa nos dice que María no puede ser definida ni mejor, ni más cabalmente, que por su relación con el Dios Personal, el Dios Trinidad. Ella es hija de Dios Padre.

¿Cuál será el amor del Padre que ha merecido la Virgen al ser la que más ha amado a Cristo? «Le amó más que todos los apóstoles», diría Teresa. Por este motivo María ha recibido mayor amor del Padre que ninguna otra criatura. Podríamos, pues, decir que María es amada del Padre por doble motivo: por el amor que Él tiene a su Hijo (sólo para su Hijo la ha inventado), por el amor que Ella tiene a su Hijo (es la que más se acerca al amor que Él, el Padre, le tiene). Aunque siempre es un mismo amor, porque «el amor es de Dios».

Y la relación de María con su Señor ¿Nos la ha desvelado Ella?, ¿Quién podría penetrar en el alma de María para conocer su relación personal con el Padre? El único que la conoce palmo a palmo, es el que se ha formado en ella, en su alma y en su entraña, el que ha latido al unísono con su corazón: Cristo Jesús, que es además el único camino hacia el Padre. Sólo Él puede decirnos cómo ha llevado a María. También tendría sentido referir a la Madre lo que Él dijo del Padre: “Nadie conoce al Hijo, humanamente, como la Madre y nadie conoce a la Madre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar”.

¡¡Y nos lo ha revelado!! Cristo, ante todo, nos pone como principio de valoración de su Madre más la relación que Ella tiene con el Padre, que, incluso, la relación puramente genética que tiene respecto a Él. «Todo el que cumple la voluntad de mi Padre Celestial, ese es mi hermano y mi hermana y mi madre» (Mt. 12, 50). Esto es lo que realmente define a María a los ojos de Cristo. Es más Madre suya por cumplir la voluntad del Padre, que por haberle llevado a Él en sus entrañas. Así lo expresó en otras ocasiones (Cf. Lc 11, 28).

Es muy expresiva otra experiencia de Teresa en Sevilla en 1575 en la que aparece la mención del Padre, el Hijo y la Virgen María aludida en el misterio de La Piedad, la Quinta Angustia:

Estando la misma noche en maitines, el mismo Señor por visión intelectual, tan grande que casi parecía imaginaria, se me puso en los brazos a manera de cómo se pinta la Quinta Angustia. Hízome temor harto esta visión, porque era muy patente y tan junta a mí, que me hizo pensar si era ilusión. Díjome: “No te espantes de esto, que con mayor unión, sin comparación está mi Padre con tu ánima” (CC 44, 4ª y 5ª).

“Oh, ánima mía, considera el gran deleite y gran amor que tiene el Padre en conocer a su Hijo y el Hijo en conocer a su Padre y la inflamación con que el Espíritu Santo se junta con ellos… Estas soberanas Personas se conocen, éstas se aman y unas con otras se deleitan… Alégrate, ánima mía, que hay quien ame a tu Dios como Él merece… y que tú seas una partecita para ser bendecido en tu nombre, y que puedas decir con verdad: “Engrandece y loa mi ánima al Señor” (Lc 1, 16)” (Excl. 7).

“Después de esto (el rezo de la Salve) quédeme yo en la oración que traigo de estar el alma con la Santísima Trinidad, y parecíame que la persona del Padre me llegaba a Sí y decía palabras muy agradables. Entre ellas me dijo, mostrándome lo que me quería: “Yo te di a mi Hijo y al Espíritu Santo y a esta Virgen ¿Qué me puedes dar tú a mí?” (CC 22, 3).

“Difícilmente es concebible una posición más encumbrada y sublime para la Madre de Dios como la de esta visión trinitaria concedida a la Santa de Ávila”.

Podemos concluir, sin temor a equivocarnos, que viendo de este modo a María, como obra maestra del Padre para su Hijo y como el mejor exponente de la Obra de Cristo para su Padre, comprendemos cómo ha sido una verdadera señal de amor, del amor más grande, el entregarla al mundo. Habría que decir entonces: “tanto amó al mundo que le dio a su Madre”.

También Santa Teresa nos sirve en esto de Maestra al comunicarnos una singular experiencia en este contexto: «La Persona del Padre me llegaba a Sí y decía: «Yo te di a mi Hijo y al Espíritu Santo y a esta Virgen; ¿qué me puedes dar tú a Mí»? (CC. 22.»).

“Me pareció que me vestían un manto de mucha blancura y claridad, y al principio no veía quién me lo vestía; después vi a nuestra Señora hacia el lado derecho, y a mi padre san José al izquierdo, que eran los dos que me vestían aquel manto. Cuando me acabaron de vestir el manto, estaba yo con grandísimo deleite y gloria, y nuestra Señora me asió las manos y me dijo que le agradaba mucho que glorificara a san José; que creyera que el monasterio que intentaba construir se haría, y que en él se serviría mucho al Señor y a ellos dos; que  no temiera que se fallara en esto jamás que, aunque la obediencia no se prometía a mi gusto, su Hijo estaría con nosotras, como nos había prometido y que, como señal de que esto sería verdad, me daba aquella joya… Era grandísima la hermosura de nuestra Señora, aunque no me pareció ninguna imagen determinada, sino con toda la belleza acumulada en el rostro, vestida de blanco con mucho resplandor, no deslumbrante, sino suave…Nuestra Señora me pareció muy joven. Estuvieron conmigo un poco y yo, con grandísima gloria y felicidad, como nunca había gozado tanta. Y nunca quisiera perder tanto gozo. Me pareció que los veía subir al cielo con gran multitud de ángeles” (V 33, 14-15).

“Vi a Cristo, que con gran amor me recibía y me ceñía una corona y me agradecía lo que había hecho por su Madre” (V 36, 24).

Por Fr. José Fernández Marín, OCD.