Testimonio de la hna. Carmen de la Madre de Dios

Mi primer movimiento ha sido de resistencia a contaros sobre la vocación, pues ¿cómo hablar hoy de fe, cuando se vive en una sociedad que se proclama mayoritariamente “increyente”? ¿Cómo hablar de una vocación tan incomprensible, “inútil”, tan en contraposición de lo que se nos ofrece hoy como “valores”? ¿Cómo hablarte a ti, que tal vez no te hayas cuestionado con “seriedad” quién es Dios, que sentido tiene El en tu vida…?

Un día una de las pequeñas de mi familia, de 12 años, arrastrando un sillón que pesaba más que ella, se me acercó y solemnemente me preguntó: -Prima, ¿por qué te has metido aquí en el convento? dice mi padre, que a ti te gustaba mucho salir, pasarlo bien… ¿entonces? -A ver Alba, ¿tu quieres a mamá?
-Sí -¿Y por qué la quieres, cómo sabes que la quieres? o, vamos a preguntarle a Laura (su hermana) ¿por qué se ha enamorado de ese chico y no de otro? y si lo quiere ¿cómo sabe que eso es así? que nos lo explique… Hay cosas, chiquita, difíciles de explicar ¿o no, Laura?

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Hoy, voy a compartir contigo parte de un camino en la fe, proceso de ese peregrinar en la vida, junto a un Caminante Misterioso que como con los discípulos de Emaús, (Lc. 24, 13-35) iba conmigo sin apenas percibirlo hasta que un día irrumpió en mi vida de otra forma, me abrió los ojos para que le reconociese y me fascinó, de tal manera que me hizo dar un gran salto al entrar en esta aventura religiosa. Aventura cada día más apasionante, con sus avances y retrocesos, ganancias y pérdidas, luces y sombras… ¡siempre apasionante! Desde aquí, después de once años en este carmelo teresiano-sanjuanista, voy a contarte parte de mi experiencia:

Mi infancia ha sido muy feliz. He crecido bajo el amparo y el cariño de una familia sencilla y muy buena. Recuerdo con alegría la niñez –tan sana- y también la adolescencia. Tengo un hermano menor y mis padres eran y son muy abiertos, siempre he podido hablar con ellos, me aconsejaban y me daban libertad mostrando gran confianza en mí, lo cual me ha hecho mucho bien. Son geniales. Tenía 10 años cuando me iba a una capillita pues sabía que allí había Alguien que me quería, era mi Amigo. Creía, experimentaba esto con tal certeza, que hoy me asombro de ello. Le decía: -Hola, vengo aquí contigo un ratito, y luego me voy a jugar ¿vale? Esto lo he recordado cuando quise ver desde cuándo tuve inquietudes religiosas. Entonces me parecía tan natural que no era consciente de lo que significaba.  Luego hubo un momento de alejamiento, pero siempre la persona de Jesús ejercía una fuerte atracción para mí y las cosas del evangelio resonaban en mi interior, como:

-Yo soy el Buen Pastor. (Jn. 10,11) -Todo lo que queráis que hagan los demás con vosotros, hacedlo también vosotros con ellos. (Mt. 7,12) -El que tenga sed, que venga a Mi. (Jn.7, 37) -Amáos los unos a los otros como Yo os he amado. (Jn. 15,12) -El que quiera venirse en pos de Mí, niéguese a si mismo, tome su cruz y sígame. (Mt. 16,24)

Me cuestionaba el sentido de la vida, quería hacer algo que mereciese la pena… Me vine a Sevilla a estudiar y trabajar, tenía 17 años cuando llegué. Trabajé en la administración de un Colegio Mayor durante el día, y por la tarde/noche iba a clase. En la casa donde vivíamos había una capilla, muy pequeña y recogida. Comencé a sacar de nuevo, como cuando pequeña, ratos para estar con Jesús y El estaba ahí conmigo. La Persona de Jesús me cautivaba, su amistad me enriquecía. Con El encontraba una felicidad única, algo muy especial. Experimentaba un fuerte deseo de dar la vida por El y por los demás; Jesús me lo pedía. Sí,… ¿dónde? ¿cómo?

Quise conocer qué opciones había. Me acerqué a religiosas que cuidan ancianos, otras que cuidan enfermos, conocía a las salesianas, al Opus Dei -precisamente la administración donde trabajé era un centro de la Obra-, conocí religiosas que se dedican a las mujeres de la calle… Cada vez que me acercaba a una congregación me encantaba, pero Alguien en mi interior me decía: -No. Quería hacerlo todo a la vez. Seguí buscando y conociendo; me entusiasmé muchísimo con las misiones, creyendo que era ése el camino que debía seguir; me llenaba… pero tampoco. Como conocí (la mayoría sólo de un primer encuentro, acercamiento) tantos estilos de vida y ninguno parecía ser mi sitio, intenté olvidar alguna posible vocación y seguí mi vida.

Me fui a vivir con una mujer de 92 años, de acompañante. Empecé a estudiar más, con más interés y disfrutando. Cuando iba al pueblo, muy a gusto con mi familia en casa. Me lo pasaba super bien con mis amigos, de marcha, conciertos, botellonas, romerías… o en una casita de campo, que tenía uno de ellos; allí disfrutábamos, alrededor de una chimenea, charlando, cantando, bailando… Por entonces conocí otras realidades más de cerca; entre otras, un chico conocido me dijo que J. andaba con drogas y quería salir de eso; quería que le ayudásemos, le parecía que lo primero que tenía que hacer era cambiar de amigos… J. me contaba cómo le costaba trabajar todo un mes, para después consumirlo en tan solo un fin de semana. ¡Qué duro pasar y ver pasar por este infierno! Aprendí mucho con él, ahora desde aquí me siento muy cercana a estas personas y sus familias…

Bueno, cuando tenía 18 años, y sentía que todo me sonreía, era y me sabía dichosa, rebosando agradecimiento por vivir y por todo,… pues en ese preciso y precioso momento de mi vida, estando en una capilla, fue cuando experimenté fuertemente que debía ser carmelita descalza… ¡¡¡¿¿¿ Rezar???!!! Una cosa era estar un rato con Jesús ante el Sagrario y otra bien distinta dedicar toda mi vida a ello. Me resistí todo lo que pude, hasta salí con otro chico, que me encantaba, pero no podía, Alguien me esperaba. Y le dije al Señor: si es lo que quieres, aquí estoy. Aquel Caminante Misterioso que  ejercía atracción en mi vida se me hizo tan cercano, presente, entrañable… que no pude resistir su llamada, fuese lo que fuese y como fuese. Y aquí estoy desde entonces rezando, orando, amando… porque antes hemos sido Amados. Siempre había hecho oración al estilo de santa Teresa sin saberlo, ella dice que la oración es: “Tratar de amistad estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama”. ¡Cuántas personas hacen ésto!

Cuando me lancé a buscar dónde estaban las carmelitas, no conocía nada de esta Orden y sin embargo había tenido durante años dos frases siempre muy presentes: “Adonde no hay amor ponga amor, y sacarás amor”. (S. Juan de la Cruz, carta 26) y “El Señor no mira tanto la grandeza de las obras, como el amor con que se hacen” (S. Teresa de Jesús, Moradas VII 4,15).

Se me presentó una batalla, me costaba dar ese salto como en el vacío, al menos esa era entonces mi impresión. Y ¿cómo se lo decía a mis padres? No lo iban a entender, de hecho no lo entendieron ¡claro!, pero si el Señor me lo pedía, tenía que hacerlo, y El me dio las fuerzas.

Entré en 1998, a mis 20 años. Soy muy feliz, cada día más. Jesús es fascinante.

¡Lo tenemos siempre tan cerca! El dijo: “estoy a lo puerta llamando, si alguien oye y me abre entraré”… Todo lo que busquemos, en El lo encontramos ¿o no? También dijo de Sí mismo: Yo Soy el Camino, la Verdad y la Vida… Y como dice Benedicto XVI: “Únicamente donde se ve a Dios, comienza realmente la vida. Solo cuando encontramos en Cristo al Dios vivo, conocemos lo que es la vida. No somos el producto casual y sin sentido de la evolución. Cada uno de nosotros es el fruto de un pensamiento de Dios. Cada uno de nosotros es querido, cada uno es amado, cada uno es necesario. Nada hay más hermoso que haber sido alcanzados, sorprendidos, por el Evangelio, por Cristo. Nada más bello que conocerle y comunicar a los otros la amistad con Él”.

Las carmelitas, en medio de nuestro trabajo cotidiano, oración, oficio divino, vida fraterna… estamos con El, vivimos para El, en El y por los demás. Es un misterio difícil de explicar y oscuro de entender; sencillamente lo vivimos. Para toda persona, cada día, cada momento, cada instante forma parte de una historia de Amor, a veces somos conscientes de ello y a veces no. Lo queramos o no, lo sepamos o no, hay Alguien que nos guía, nos acompaña, nos espera y está siempre anhelando acogernos con toda su Ternura, ese Alguien es Jesús, el Señor. Bueno, me despido diciéndote que cuentas con nuestras oraciones y cercanía por ti personalmente y por todos. Te deseo que Ella, la Madre de Jesús, te ayude a encontrar la verdadera felicidad en, con El; eso si no la has encontrado, y si estás en ella, para que te ayude a crecer cada día. Te deseo que tu vida sea cada vez más plena.

Un abrazo.

hna. Carmen de la Madre de Dios.

Convento de San José del Carmen “Las Teresas” –  Sevilla.

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