Testimonio de la hna. Lucía de la Santa Faz

¡Hola! Soy Lucía, me han pedido que cuente un poquito cuál ha sido mi experiencia con Jesús hasta
llegar a encontrarme aquí con El… ¡Así que lo voy a intentar!

Nací en un pueblecito, no muy grande… ¡pero tampoco pequeño!, en una familia sencilla; crecí como la segunda de tres hermanos, y mis padres nos cuidaron y rodearon de todo su cariño… Fui una niña de pueblo… Criada en la sencillez de sus gentes y al calor de todos. Allí, al empezar el día, todos se dirigían a sus ocupaciones, sin excesivas prisas, ¡pero sin tardanza!, reservando ese instante tan necesario para mirar a tu vecino y gritarle con alegría ¡Buenos días! Recuerdo mis mañanas de colegio, cómo mi madre nos dejaba dormir hasta el último momento. ¡Yo era muy dormilona! ¡De verdad! ¡Ahora es distinto, porque madrugo para amar a Jesús! Mi madre nos arreglaba para ir al “cole” y ponía un dulce en nuestra cartera para tomar a media mañana, y antes de salir de casa siempre nos preguntaba. ¿Lo lleváis todo? – Sí, mamá- y nos despedía con un beso. Allí quedaban los dos, mi padre casi terminando su desayuno para acudir al trabajo, mientras sonaba de fondo las noticias de la radio. ¡Pues sí! ¡A mí me gustaba mucho el colegio! yo era de esas que nunca quieren faltar a clase ¡Qué le vamos a hacer…! Pero había algo que me gustaba mucho más y era… ¡Jugar!, aunque era un poco “pato”… siempre quedaba la última en los juegos… ¡o la penúltima! También era un poco distraída. Si… recuerdo cómo en clase, mirando la pizarra, se me iba el santo al cielo imaginando cosas, y de pronto…: ¿y ahora por donde vamos? ¡Ay…, creo que me he perdido…! Pienso que por eso me costaba aprobar las matemáticas. Muchas veces, tomaba mi bocadillo sentada en el escalón de mi portal mirando cómo jugaban mis amigos, y a veces se asomaba mi vecino a su balcón y me decía: – Oye, ¿qué comes?- un bocadillo, -¿Pues tú no sabes que quien come por la calle no se casa? A mi esta relación de los bocadillos y el matrimonio, siempre me pareció un poco extraña…pero yo seguía mordisqueando mi pan a toda velocidad para volver a correr con mis amigos, sin preocuparme mucho más del asunto. Así fui creciendo… ¡y me hice mayor! Llegó el momento de hacer carrera en la vida, y elegí Derecho, ¡qué mejor carrera que esta! pensaba yo, sin saber entonces de esta otra carrera que puedes hacer pegándote a Él, hundida en su corazón…

Mi carrera de Derecho fue larga ¡como hecha por una tortuga! y lo Derecho acabó torcido… En este tiempo conocí a un chico ¡me hacía reír todo el rato! Juntos conseguimos acabar nuestros estudios, él los de medicina. Pero también un día, acabamos nuestra historia… Jesús había crecido tanto dentro de mi, que ya no había quedado sitio para nada más. ¿Qué me había pasado? ¿A dónde fueron mis planes? La persona con la que yo pensaba que compartiría mi vida, un trabajo, salir a divertirme con mis amigos… ¿Qué ocurrió con mis ilusiones? Habían cambiado tanto… el mundo se había vuelto cansado,
vacío… ¿Qué me pasa? -¡Es Jesús! ¡Eres Tú! Día a día había ido creciendo una relación tan especial entre nosotros, que ya solo su presencia daba sentido a mi vida. Jesús lo era todo para mí. ¿Que cómo ocurrió? Pues no lo sé… ¿Fue de repente? No… fue casi sin darme cuenta… su compañía, estar con El, cambió mi vida. Había algo que me impulsaba a buscarlo en todas las cosas… sentarme junto a El era toda mi felicidad. Pero aún había de pasar un tiempo hasta encontrar el camino y las fuerzas necesarias para seguirlo allí donde me llamaba… mi generosidad con El se hizo esperar dos largos años.

Fue un 9 de Abril 2006, cuando decidí hacer una experiencia con las monjas Carmelitas Descalzas de Sevilla ¿Qué por qué allí? ¡Pues tampoco lo sé! Yo solo sabía que era contemplándolo cuando más feliz me sentía y me parecía intuir que era en el Carmelo donde me esperaba el Amor que devolvería el sentido a mi vida y colmaría todos mis vacíos. Y así, con mi maleta, llegué aquel rinconcito de Sevilla, para pasar un mes con aquellas monjas, donde me esperaba Jesús.  ¡Ay, cuánto me divertí! ¡Qué emocionante! ¡Vivir como una Carmelita!, me encontré con una vida sencilla, llena de amor y alegría, junto a las que ahora son mis hermanas: toda la casa estaba llena de la presencia de Dios, y se le podía sentir, oler… en cada cosa y en cada momento del día… se escuchaba en el silencio y se hacía presente en la soledad.

Un silencio y una soledad a lo que nada de lo vivido hasta entonces se podía comparar… Jesús estaba allí, en medio de nosotras, e iba y venía a nuestro lado al ir al lavadero, al refectorio, a la recreación, en la cocina… entre aquellas grandes cacerolas… allí, en esta sencillez, sentía a Jesús más cerca que nunca. ¡Ay…! pero mi sueño exigía darlo todo por El… incluso aquello tan precioso para mi: “mis padres”. Dejar a mi madre, que por entonces no se encontraba fuerte de salud, pues acababa de salir de una enfermedad grave ¡era demasiado para mi…! – Yo temo Jesús, tú lo sabes ¡pero mis padres…! Tú sabes lo débil que soy… No puedo… Pasaron unos años… en este tiempo trabajé en periodos cortos. Un día me llamaron para un contrato de nueve meses, con posibilidad de renovación ¡se me presentaba la oportunidad de mi vida, y no podía dejarla escapar! Pero, ¿qué me ocurría ahora…? Debía estar feliz, y sin embargo, no lo estaba… ¿Cómo aceptar este contrato? Renunciaría a mi sueño para siempre… Además, ya en el mundo no encontraba ni el aire para respirar…

Fue entonces, cuando en mi debilidad, el Señor me hizo fuerte y surgió dentro de mí un impulso que ya nada ni nadie lograrían paralizar: ¡Seguiría a Jesús, allí donde me pidiera! pasaría por El, “los fuertes y las fronteras”… Así, que me rendí al Amor, y me entregué a ese otro contrato que Jesús me había presentado y que ya no podía dejar sin firmar por más tiempo. En él le entregaba mi vida, mi familia, mis amigos, mis sombras y mis esperanzas… Entonces no me daba cuenta, que era El quien se entregaba…, y con El todo lo que un corazón puede anhelar. Y lo encontré en mis hermanas… en sus gestos y sonrisas… Y nada de lo que había dejado se podía comparar con esta felicidad infinita que me daba. Nada entregué, pues nada era mío… solo mi debilidad puse en sus manos, y hoy puedo decir ¡que soy feliz! ¡Que el Señor ha estado grande con nosotras y estamos alegres! ¡La alegría de Dios!

Hna. Lucía de la Santa Faz,
una novicia feliz.

Convento de San José del Carmen “Las Teresas” (Sevilla)

Anuncios