La vocación, como la fe, es un misterio difícil de explicar ya que “el Señor no llama a los que son dignos sino a los que Él quiere” (Sta. Teresa de Lisieux). Dios hizo que naciera en una familia católica que me procuró una formación religiosa, las Hijas de la Caridad que me educaron me enseñaron a vivir en presencia de Dios y me contagiaron su celo apostólico. Desde adolescente, el Señor hizo que buscara ratos de oración. De esta forma empecé a descubrir que el Señor me llamaba a una consagración especial y puso en mi camino a las carmelitas descalzas de Cádiz por las que empecé a conocer su carisma y espiritualidad.

Y aunque a la respuesta a la vocación siempre la precede una lucha interior que intenta huir de ella porque supone adentrarse en un terreno desconocido, si “Dios lo puede todo y su querer es obrar, cuando el Señor quiere para sí un alma, tienen poca fuerza las criaturas para estorbarlo” (Sta. Teresa de Jesús). Por eso cuando nos abandonamos confiadamente en Dios todo se hace posible, desaparece el miedo y el alma es colmada de paz y alegría, dones del Espíritu. Esta respuesta debe hacerse, como Santa Teresa, con la determinación de nuestra voluntad, pues “¡cuántos debe haber que los llama el Señor al apostolado, como a Judas… y los llama para hacer reyes, como a Saúl, y después por su culpa se pierden” (STJ).

Todas las que traemos este hábito sagrado del Carmen somos llamadas a la oración y contemplación (STJ).

Quiere decir Santa Teresa con ésto que nuestra vocación es “estar frente al rostro de Dios vivo” (Sta. Edith Stein). La regla primitiva dice que cada uno permanezca en su celda… meditando día y noche en la ley del Señor y velando en oración. Meditar la ley del Señor es contemplar al mismo Cristo, plenitud de la Revelación, para asemejarnos a Él ya que nos ha dado ejemplo con su vida de cómo debemos vivir nosotros. Por eso quien ingrese en el Carmelo tiene que entregarse totalmente al Señor. Sólo la que valore su lugar en el coro frente al Sagrario más que todas las glorias del mundo puede vivir aquí; y aquí encontrará una felicidad como no la puede dar ninguna gloria del mundo (SES).

Esta entrega absoluta convierte a la carmelita en esposa de Cristo que define la Beata Isabel de la Trinidad: “Ser esposa de Cristo es entregarse como Él se entregó; ser inmolada como Él, por Él y para Él. Es ser fecunda corredentora, engendrar almas a la gracia, multiplicar los hijos adoptivos del Padre, los recatados por Cristo, los coherederos de su gloria”.

Nuestra misión como carmelitas es la de formar obreros evangélicos que salven a millones de almas, cuyas madres seremos nosotras… Una carmelita que no fuese apóstol, se apartaría del fin de su vocación y dejaría de ser hija de la seráfica Santa Teresa, la cual deseaba dar mil vidas por salvar una sola alma (STL).

De la hna. Elena de Jesús,

Convento del Stmo. Corpus Christi y San José de Cádiz.

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