Nuestra vida contemplativa comentada por las madres carmelitas del Convento de la Santísima Trinidad de San Fernando (Cádiz).

Nos gustaría que este sencillo testimonio de nuestra vida fuera como abriros la puerta de nuestro monasterio a todos los que os acerquéis a esta página, que sea algo así, como si las paredes de nuestro convento se hicieran transparentes y os permitieran entrar en ese mundo escondido tras la clausura, que quizás os parece misterioso.

¿Qué hacemos, cómo vivimos?
Lo primero que veríais al entrar en nuestro convento es un patio, como los de tantas casas de esta bonita tierra isleña, con flores, lleno de luz y alegría; pero en el que se siente un silencio y una paz tan distinta y especial, que nos hace pensar: Dios está aquí, esta es su casa.

Aquí, en el nº 224 de la calle Real, vivimos las 14 hermanas que ahora formamos esta comunidad de Carmelitas Descalzas de esta ciudad de San Fernando, tan carmelita, que se honra de tener a la Virgen del Carmen por Patrona. Podríais vernos, como cualquier día, a cada una recogida y en silencio, muy atareada en sus quehaceres. Una en la sacristía cuidando con esmero que todo esté a punto para el culto de la Capilla. Otra en la cocina, guisando con todo cariño la comida y procurando que salga buena. Otra lavando y tendiendo, cosiendo, recibiendo a las personas que vienen a nuestro torno… Algunas hermanas por su salud o edad, ya no pueden trabajar. Ellas ofrecen al Señor con todo cariño sus dolores y los límites que toda enfermedad trae, orando constantemente al Señor por todos. También a ellas las atendemos varias hermanas.

Así, recorriendo las dependencias de nuestro convento podríais descubrir, personas normales que viven como una familia; que comen, duermen, atienden a las necesidades de una casa; que trabajan para vivir y que, sobre todo, se reúnen muchas veces para orar, leen y estudian sobre las cosas de Dios, se alimentan con la Escritura y los Sacramentos, y aunque cultivan el silencio y la soledad, viven en comunión con la Iglesia y unidas a todos los hombres, sus hermanos. Una casa sencilla, personas sencillas. Y una vida ordinaria, sin grandes complicaciones.

Esto es lo que hacemos, esto lo que podríais percibir; esa vida desconocida que se oculta detrás de los muros de la clausura. Y… ¿esto es todo?. Sí, esto es todo lo que veríais con estos ojos de carne. Esto y un no sé qué, de paz y alegría, que no se sabe decir cómo es. Es que, lo más bonito de nuestra vida, no se ve con estos ojos de carne. Solo se descubre con los ojos de la fe. Lo más bonito de nuestra vida pasa en el interior de cada hermana, en la intimidad de su ser, en ese santuario interior que todos tenemos por ser persona humana, y que es lo que nos hace tan valiosos. Lo más bonito de nuestra vida se vive en la fe y desde la fe, que nos descubre a Dios tan vivo y real, tan junto a nosotras en cada instante, que aunque, en verdad no vemos  a Jesucristo, lo amamos con todo nuestro corazón, creemos en El y nos alegramos con un gozo, tan grande, que llena de sentido y plenitud toda nuestra existencia.

Esto es lo más grande en nuestra vida, que un día Dios se hizo presente en ella, nos enamoró como El sabe hacerlo, y nos llenó tanto de El, que ya no pudimos vivir más que con El y para El, siempre con El.
Nuestra vida es vida escondida, sí es verdad, hasta para nosotras mismas que la vivimos. Solo el Señor sabe de verdad la hermosura que cada hermana esconde en sí. Cuánto le ofrece al Señor, cuánto amor y entrega va encerrado en las pequeñas acciones que realiza cada día. Santa Teresita del Niño Jesús decía que Dios no tiene necesidad de grandes acciones sino solo de nuestro amor. De ese amor puro que no pretende ganancia ni premio, sino solo perderlo todo y a sí mismo en su voluntad por Dios; y esa tiene por su ganancia. Ese amor que en todo lo que realiza no busca dar algo, sino darse a sí mismo, entregarse.

Esta es nuestra vida, y nuestra verdadera ocupación. Y este nuestro mayor deseo llegar a tener este amor, cueste lo que cueste. Para ello no necesitamos ser personas extraordinarias, solo necesitamos tener un corazón sencillo, que reconoce agradecido los dones que de Dios ha recibido y también sus límites y su condición pecadora que le lleva muchas veces a hacer lo que no quisiera; solo se necesita buena voluntad y estar tan enamoradas, tan agradecidas y contentas de que el Señor nos haya llamado
que todo nos parezca nada lo que podemos hacer por responder a Su amor.

Santa Teresita cuando comprendió esta verdad se llenó de alegría. El amor le dio la clave de su vocación. En el corazón de la Iglesia, mi madre, yo seré el amor. Se dio cuenta que un poquito de este puro amor es más precioso delante de Dios y más provecho hace a la Iglesia, aunque parece que no hace nada, que todas las obras grandes del servicio de Dios juntas si no nacen de aquí. Que nuestras pequeñas acciones en las manos de Dios adquieren un valor inmenso que se convierte en una lluvia fina que se derrama constantemente sobre los hombres y no se dan cuenta, pero va calando. Una bendición continua para todos.

Esta es la vida contemplativa, la que sabe descubrir en lo cotidiano de la vida a Dios con los ojos de la fe. La que sabe cuánto nos ha amado Dios y cuánto nos ama a cada uno personalmente. El gran tesoro que desde el Bautismo y por nuestra dignidad de personas creadas a su imagen hay encerrada en nuestra vasija de barro y el fin de amor para el que hemos sido creados.

Esta es la vida contemplativa la que sabe que siempre hay un más allá maravilloso detrás de todo lo que percibimos con nuestros ojos de carne. Y que es posible llegar ahí y no quedarnos en la superficie de las cosas. Solo hay que saber vivir de fe. Solo hay que dejar que Dios sea Dios en nuestra vida, solo hay que saber dejarle las manos libres y entregarnos para que pueda hacer con nosotros obras grandes, llenarnos de su Vida y de su Amor. Si nosotros buscamos a Dios mucho más nos busca El a nosotros
y desea darse sin medida, colmarnos de su felicidad. Ahora ya sabéis qué hacemos y cual es nuestro mayor deseo.

Es un regalo muy grande estar aquí, aunque a quién no ha recibido este don le pueda parecer que es estar encerrada. Pedid al señor que no perdamos el tiempo, que nos demos del todo, que sepamos con
fidelidad vivir nuestra hermosa misión en la Iglesia. Y pedidle que los ojos de la fe estén tan abiertos en nuestro pueblo que haya muchos jóvenes que sepan ver esa mirada de amor de Jesús que los invita a seguirle. En todas las vocaciones, lo importante es que Dios sea amado y puedan saborear en su vida lo bueno que es el Señor y lo felices que hace a los que llama para vivir en su casa alabándole siempre.

Que el Señor os bendiga a todos.

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