Por hna. Yudis Isabel de la Santa Cruz

Publicado en Revista Ecclesia

Cuando se abre la mañana pienso: ¿qué tendré que hacer en el día?, y veo que hoy me ha tocado la cocina, un lugar querido, pero en el que se trabaja sin descanso… acabo de decir sin descanso, pero el mejor descanso es el servicio, cada trozo que hacer del día para sacar una sonrisa satisfecha de alimentarse, no solo de lo que preparamos, sino principalmente del amor que se ha puesto en cada una de los platos preparados.

¿Cómo encontrarse con el Amado?, dice nuestra santa madre Teresa, que entre los pucheros anda el Señor, y es cierto, pensamos muchas veces que solo en la soledad, en un sagrario podemos hablarle, pero el corazón de una carmelita, de un contemplativo está siempre despierto para amar, eso es estar entre los pucheros con el Amado; pelar, picar, cortar, guisar… en cada una Dios dejó su hermosura, como lo dice nuestro padre San Juan de la Cruz:

Mil gracias derramando
pasó por estos Sotos con presura,
e, yéndolos mirando,
con sola su figura
vestidos los dejó de su hermosura.

Todo lo ha puesto para que le miremos, para que le toquemos y para que con ellos sirvamos a cada persona que podemos atender, al que sin decirle nada le puedes dar un abrazo de ternura con solo poner un poco de sal y algo de pimienta; en cada criatura, y en lo que transformamos la materia está la mano del que tanto nos ama y que todo lo ha puesto para nuestro encuentro con él. Todos estamos en contacto con la creación, todos podemos entrar en contacto con Dios, Él está en todas las cocinas.

También encontramos al Amado teniendo en cuenta los platos especiales para las que no pueden comer todo por su salud. Allí muestras la paciencia de estar pendiente de Jesús en el necesitado, en el “diferente”.

Ciertamente el amor tiene mil maneras de mostrarse, y también mil maneras de recibirlo, lo ves en las caras cuando disfrutan de algo que les gusta, o de la aceptación ante algo que no nos va mucho, pero ante todo recibirlo por amor de quien también lo ha hecho con amor.

Ponerme el delantal cada mañana para servir con amor, para encontrarme conmigo misma en cada una de las hermanas y en ellas amar al Jesús que tanto se entrega por mí.

Puedo imaginar a la Virgen María, con el delantal, sirviendo con amor en la familia de Nazaret, ¿quién, no querría imitarla?, es ella nuestro modelo de virtud, cómo decir no al servicio que también prestó nuestra querida Madre del Cielo; hoy lo hacen tantas madres en el día a día, dando su amor en un plato de comida, preparado con la mayor atención para los que ama, pienso en tantas personas que entregan su vida sirviendo en un restaurante, vemos a quien nos lleva el plato, pero no a quien lo prepara, ellos, los cocineros, también, viven el servicio oculto, sacando sonrisas en tantos como disfrutan de sus delicias, igual que lo hacemos desde el claustro, hay tantas personas en el mundo que se ponen el delantal cada mañana, para darse en cada paso con sencillez y en las cosas pequeñas. También pienso en todos los que de alguna manera piensan que para orar hay que estar quietos, la quietud es necesaria, pero no lo principal, porque en medio de los quehaceres podemos hacer oración, con una mirada al cieloya estamos haciendo oración porque aquel con quien queremos estar, lo llevamos en lo más profundo del corazón, él nos habita y está en cada criatura.

La santidad se hace en el servicio, mirando la sencillez de cada cosa, de cada hacer, de cada entrega, de cada aceptación.

El día ha pasado entre pucheros, entre cuchillos, hortalizas y muchos va y vienes de la despensa a la cocina, cada paso está dado pensando en amar plenamente desde la clausura libre, porque nuestro corazón está clausurado por un amor que se entrega siempre en libertad desde las cosas más pequeñas, las que no son vistas, las que siempre quedan en silencio ante los ojos humanos, pero que nuestro buen Dios las ve desde su corazón.

Yudis Isabel de la Santa Cruz

carmelita descalza de la comunidad de Talavera la Real (Badajoz)

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